martes, 22 de julio de 2014

OCTAVA RONDA DE MICRORRELATOS

                                        LA NIÑA DEL ESPEJO

     El vapor inundaba el baño. Después de ducharme por más de media hora, alcancé la toalla y enjugué con ella las lágrimas de agua que deslizaban frenéticamente por toda mi piel. Me puse una braga beige y colgué la toalla. Tengo por costumbre examinarme en el espejo una vez que termino de bañarme, así que eso hice. Desempañé el cristal rectangular y  vi como mis mejillas habían adquirido un tono encarnado. Hice unas cuantas morisquetas y ensayé algunas expresiones: coqueta, malévola, angelical. Una vez que me cansé de tanta bufonada, proseguí a realizar lo importante. Entonces comencé a hacerme una limpieza exhaustiva en mi rostro y cuello. Estaba inmersa en el proceso. De pronto me di cuenta que en la parte de la pared contigua al espejo, se desprendía un relieve heteróclito. Mi corazón enloqueció. Entorné los ojos y vi como una sombra pueril se acercó a mi desnudez. Era una niña de piel traslúcida, con un vestido harapiento de color añil. Quedé petrificada. En un instante, ella se evaporó y luego apareció un ente vermiforme y repulsivo. Aquello provocó que me desvaneciera. El golpe seco contra el cemento debió alertar a mi madre porque al abrir los ojos lo primero que vi fue su semblante preocupado. Así que me ayudó a levantar al mismo tiempo que preguntaba el por qué me había desmayado. Ambas dirigimos la atención al espejo y mi madre preguntó:

—¿Cuándo vas a madurar? ¿Sigues jugando frente al espejo?

Con los efluvios que impregnaban el cristal, una leyenda había sido escrita, ésta rezaba así: “volveremos por la joven narcisista”.






    UNA BRUJA ENAMORADA

     La oscuridad se había adueñado del cielo. Tan solo una luna joven parecía invadir el territorio noctámbulo. En el bosque, las frondas eran sacudidas con fiereza por un aire hostil. Y en la rama fornida de un abedul, una nigromántica intentaba conjurar un potente hechizo para que un caballero apuesto le correspondiera. En anteriores oportunidades, la pécora había fallado. En su enésima intentona, tenía en su poder no solo los ingredientes que había utilizado las diez noches anteriores: una hebra de cabello, una gota de sangre y un trozo de tela de su guardarropa; además del añadido, una muela. Esa misma tarde, la bruja se había valido de sucias artimañas, en complicidad con la compañía de hechiceros de la que era miembro insigne. Con las argucias pudieron extraerle la muela al dandi. Éste, después de la traumática extirpación, le sobrevino una fortísima hemorragia que lo postró en cama durante las siguientes horas. Pero este “pequeño” detalle no le fue referido a la bruja. Mientras tanto, ella, usando su variopinto repertorio de sortilegios, se entregó a un éxtasis febril invocando a los espíritus. Ante la obstinada persistencia, las ánimas respondieron:

—El amor puede ser mortífero. Nos invocas en tu desesperación ¿Estás dispuesta a seguir a ese hombre a donde vaya, con tal de conseguir su amor?

A lo que ella contestó:

—Juro ante ustedes, espíritus de poder y sabiduría, que lo seguiré hasta los confines de la tierra.


—Pues ve…te enviamos con él, bruja terca.







                                      EL CONFLICTO DEL PANTEÓN


     Los hierbajos arreciaban incluso en el interior del mausoleo. El desamparo ululaba con el viento como compañero. En este lugar, tres vírgenes diamantinas habían sido condenadas a viajar al mundo de los muertos para expiar los terribles pecados de la ciudad. Se despojaron de sus cubiles carnales, odiando a los que quedaban con vida, a los que les habían quitado la esperanza de enamorarse y experimentar el despertar y la madurez de su erotismo. De ellas, solo quedaba el recuerdo de heroínas castas y tiernas. El veintisiete de Diciembre de cada año, una procesión multitudinaria colmaba las plazoletas y bulevares hasta desembocar en un pandemónium que zigzagueaba como una serpiente grande con sus crías, con el propósito de conmemorar a las núbiles mártires. El cementerio abarrotado, se transformaba ese único día en un burdel, un ambigú y una plaza pública en donde el carnaval de las desmesuras despertaba la sordera de los muertos, principalmente de las tres destinadas a la expiación. Este aniversario fue diferente. Las únicas que parecían no escuchar la jarana fueron las tres doncellas. Un trío de huesos inmutables. De manera que la muchedumbre, ahí mismo, optó por escoger otro grupo de virtuosas a las que sacrificar y entregar a las hambrientas fauces de las tinieblas. Por lo que la alegría se trocó en una cacería.






                                         EL LLAMADO DE XOTCHET


     Añoraba  su vida en el castillo de cristal. Éste, rodeado de un bosque primoroso, en donde los rayos solares penetraban como dedos larguiruchos, que con toques mágicos y dorados impregnaban de verdor la vida de la floresta; eran parte del paisaje que desde las almenas de la torre disfrutaba jubilosa la pequeña dama. En contraste, ahora su vida transcurría en la oscuridad fría de una mazmorra que se encontraba en la oquedad profunda del castillo, en los cimientos hechizados por los constructores primigenios. Un conjuro de protección contra Xotchet, el poderoso espíritu de la destrucción, convivía con la damisela. Debido a que Xotchet, amenazaba constantemente con arremeter contra el domo  que había surgido del encantamiento, y que hacía las veces  de guardián protector; la pequeña vestal fue recluida en el sucio calabozo para potenciar y unificar la conjura portentosa. A medida que la niña-mujer crecía se iba fundiendo en un solo organismo con el embrujo. Pero aunque Xotchet no podía invadir los muros cristalinos, en su vehemencia, forzó la cerradura mental de la niña. Ella fue su llave mágica. Xotchet halló un resquicio, un nicho neuronal por el que se coló y consiguió hacerle deplorable su salud mental. De manera que, la indujo a entregarse al odio sepulcral. Y junto con ella feneció el conjuro. Así, la aparente inviolabilidad del castillo se resquebrajó y las paredes de cristal se convirtieron en lagrimones que empaparon el arbolado adyacente.


                                            Autora: Alejandra Sanders
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