jueves, 24 de abril de 2014

LA FORTALEZA DE LA GUERRERA OLMEL-CUL

    En la ribera del caudaloso rio Krotoc, se suscitaba una batalla singular. Una de las guerreras del pueblo Farishum luchaba contra las feroces huestes del siniestro Rey Arcapoc. El ruido que provocaba la corriente salvaje del río, junto con las estocadas de las espadas ahogaba el plop-plap de las botas contra el barro. Olmel-Cul era la portavoz de los Farishum.

     Su coraza argéntea era un arma complementaria. Esta reflejaba destellos semejantes a rayos que proyectaban en los ojos de sus enemigos parduscos. Los cinco esclavos Punscoc del Rey Arcapoc, a pesar de tener cada uno, una masa de músculos compactos parecidos a roca solidificada y de alcanzar una estatura casi el doble de la de Olmel-Cul —ella medía siete ryaptas*—, se veían como niños sin experiencia en comparación con la agilidad y los recursos que tan bien manejaba la guerrera Farishum.

    Desde que se iniciaban en el adiestramiento para el combate, las niñas Farishum estudiaban la anatomía de los hercúleos vasallos de Arcapoc. Cuando aprisionaban a alguno de ellos —lo cual era excepcional—, lo exponían sobre una mesa ante la atenta mirada de las pequeñas aprendices. Y aun vivo, lo abrían y examinaban con detenimiento.

    Aun transcurridas unas horas, los cuerpos de los Punscoc se mantenían con vida. Con sus órganos funcionando, eran más fáciles las clases didácticas.
En aquellas sesiones informativas, Olmel-Cul recordaba que los caparazones abiertos de los Punscoc parecían tinajas rebosando de un caldo negruzco y espeso, en el que hervían las entrañas.

    También tenía presente que al comprometerlos a las luces reflectantes, los seis ojos amarillos de las moles enloquecían, se contraían y se desorbitaban. Por lo que en conjunto, tanto la maestra como sus alumnas diseñaron un artilugio para contrarrestar la fuerza descomunal de los Punscoc. El artefacto se componía de la aleación de varios metales preciosos que extraían de unas cuevas que se encontraban bajo la jurisdicción de las Farishum.

    Al mezclar la Bariafista dorada, el Corponte brillante, la Marliva transparente y el Romiato iridescente, obtuvieron un metal que lanzaba potentes centelleos, lo bautizaron con el nombre de Marbacorro*. Con esta amalgama, empezaron a construir los pectorales y las espadas que les servirían no solo para equiparar fuerzas sino también para superarlas.

    Antes de iniciar el uso del Marbacorro, las guerreras Farishum, eran diezmadas sin misericordia por los Punscoc. En gran cantidad de contiendas eran pisoteadas como hormigas. Aunque había excepciones. Y era ahí cuando agarraban a uno que otro adversario.

    La sabia naturaleza  había compensado a Olmel-Cul con agudeza mental. Ella había contribuido con su ingeniosa percepción, en el invento del nuevo metal. Su aporte resultó ser fundamental para defenderse de los incesantes ataques Punscoc. Debido a ello, había sido nombrada de forma unánime como Guardiana de la frontera Farishum. Y el río Krotoc, cuan largo y tempestuoso era, dividía a los dos pueblos en conflicto.

    En ocasiones anteriores los grandulones Punscoc habían traspasado el Krotoc y habían llegado a invadir zonas de producción de importancia vital para  las Farishum. Las incursiones osadas, desequilibraran la economía y por ende, la vida misma de esta nación pujante. Pero, a partir de la incursión del Marbacorro en la defensa nacional, los antagonistas no habían podido ni una sola vez traspasar el área fronteriza.

    Ahora, en medio del lodazal, con el Krotoc, la escasa vegetación y el cielo nítido como testigos cercanos, se estaba llevando a cabo un choque épico. Del otro lado del río, se encontraban como espectadoras en lontananza, decenas de guerreras, siguiendo cada movimiento de su guardiana. En el momento en que había empezado la lucha eran ocho Punscoc. Tres de ellos habían caído. Cada vez que uno de ellos cerraba sus seis ojos, desde la otra orilla se dejaban oír los vítores de las Farishum. Los sonidos de la algarabía de las mujeres y de la corriente caudalosa del Krotoc se mezclaban como una deliciosa música armoniosa que endulzaba los oídos de Olmel-Cul. En cambio, para los Punscoc aquel sonido significaba un enemigo más, una cacofonía que parangonaba con  espadas que se incrustaban en sus oídos con el fin de desconcentrarlos, desanimarlos y aniquilarlos.

    De repente, otro coctel de ruidos restalló en los oídos de quienes estaban inmersos en el combate. En la orilla donde se hallaban las guerreras que apoyaban  a Olmel-Cul,  apareció en escena un contingente de sansones ocres, y las atacaron. Al asaltarlas sin previo aviso, éstas, no tuvieron oportunidad de oponer resistencia. La carnicería enrojeció el barro y desembocó en el Krotoc. Además, los nuevos intrusos portaban yelmos. Era la primera ocasión que llevaban protección. Al parecer, después de las bajas que habían sufrido, se habían visto obligados a utilizar los cascos. Y, al estar la atención concentrada en este punto especifico de la frontera, debieron haberla  traspasado por una zona desprotegida.

    En el otro extremo, Olmel-Cul estaba desconcertaba ante lo que acontecía, el corazón se le encogió. Por un momento se ofuscó. Los gigantes terrosos que blandían sus espadas contra ella, cobraron ánimo  y la hicieron retroceder hasta que sus botas metálicas  se hundieron en el agua. Entonces, en milésimas de segundos tuvo que escoger entre las dos únicas opciones que se le presentaban: ganar o morir. El rendirse ante el enemigo no estaba ni siquiera bajo consideración.

    Se sumergió totalmente en las correntosas aguas durante unos instantes. En el fondo, se asió con fuerza mística a su espada de marbacorro. Al mismo tiempo, se bañó no solo con el agua helada del Krotoc; se bañó de un espíritu fortalecedor. Allí en el fondo, se despojó de sus temores y se vistió de un renovado traje de coraje. Desde la profundidad vio un remolino de ojos pajizos que atisbaban y acechaban con sus espadas en ristre. Con un impulso soberbio, alcanzó la superficie. Los Punscoc esperaban su regreso. Pero, lo que no esperaban era su inconmensurable arrojo. En un momento apoteósico, desveló un arma secreta; más poderosa y flamante que el marbacorro. Su valor, aunado a un ojo engastado en la espada. Este ojo había sido confeccionado para ser utilizado una sola vez. Era desechable. La materia prima lo constituían los ojos cetrinos de los pocos Punscoc capturados junto con el marbacorro y un hechizo conjurado a favor del pueblo Farishum.

    Lo que parecía una derrota aplastante, se transformó en una victoria abrumadora. Aquel día, el Krotoc recibió más litros de sangre pétrea que del precioso líquido rubí de las guerreras asesinadas.



*Ryaptas: Cada ryapta equivale a 25 ctms.
*Marbacorro: Fusión de las primeras silabas de los nombres de los cuatro metales.

                                             F  I  N
                                 Autora: Alejandra Sanders


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