miércoles, 25 de marzo de 2015

GALVÁN Y GRONCHO: CONCLUSIÓN

Para leer la primera parte  pinche aquí.            Para leer la segunda parte pinche acá.


Columbraron un poblado de exuberante vegetación. Las casas dispersas parecían botones de rosas a punto de florecer. Bajaron cada vez más hasta llegar a una de ellas. Se posaron en las  rojizas tejas y Galván cedió a la presión que ejerció Groncho. Picoteó el tejado con fiereza y desde el interior se oyeron los gritos destemplados de una anciana.

—¿Quién diablos anda allí? Cochinas urracas de nuevo cagándose en el techo, largo de aquí, ushale ushale.

La mujer, ceñuda y mostrando sus encías desnudas, atusada con un vestido estampado de grandes flores amarillas, casi transparente, dejó traslucir sus flacas canillas. Protegiéndose con una mano de los rayos de sol para distinguir al intruso, aulló haciendo aspavientos cuando vio a Groncho:

—¡Pooooooor Diooooooooooooos si es Sebreeeeeel!

Hizo una reverencia algo pomposa y maquinalmente dijo:

—Sean bienvenidos.

Aunque a la vista solo había un cuervo, Galván se preguntó cómo pudo la anciana saber que eran tres en total. Groncho le respondió:

—Ella y tú tienen mucho en común.

—¡Estás demente! Yo soy joven y mírala…esa viejita está con un pie en el más allá —farfulló Galván con aire agraviado.

—Esa viejita tiene la semilla que tú posees. Son pocos los humanos que la tienen.

—De que semi…

Una fuerza superior los impelió a descender. Como si fuesen uno solo, se adentraron en la oscuridad de la casa, que, aunque por fuera sincronizaba a la perfección con la naturaleza, por dentro reflejaba un aspecto lúgubre. La anciana se sentó en una mecedora ubicada cerca de la ventana; Galván sintió que la energía de Sebrel lo empujaba y juntos aletearon y se posaron en la falda de flores pálidas.

La mecedora crujía. En tanto que la anciana cerró los ojos y aproximó sus manos apergaminadas y temblorosas al cuervo. Lo acarició con tal suavidad, que Galván experimentó una súbita excitación. Ella prosiguió con el sutil tanteo y profirió unas palabras que le resultaron familiares a Galván:

—Spruk trokel kelim shaleg añac krulok.

Estaba seguro que las había escuchado anteriormente, pero no recordaba cuando, donde ni bajo qué circunstancias.

 La anciana repitió por segunda ocasión las extrañas palabras; pero esta vez la intensidad de su voz reverberó en las desvencijadas paredes de la sala. Fue tal la vehemencia, que un cuadro colgado oblicuamente se vino abajo.

El cuervo graznó. Era Galván, inquieto debido a que en el ambiente pendulaba la extraña presencia. Groncho permanecía en silencio, como si no estuviera allí.  El chico no lo sentía. En cambio la energía que emanaba de Sebrel era cada vez más intensa. Tanto, que un ahogo sofocante lo dominó. Más graznidos. Sin embargo, ya llegado al culmen de su asfixia, cantidades abisales de oxígeno penetraron por los orificios del pico y  la vida acudió a él nuevamente.

Ya con el control de sus sentidos córvidos y humanos, Galván escuchó a Groncho susurrarle:

—Están cerrando el círculo contigo…con nosotros. El cordón rojo que nos ata, también te une a ellos. Perteneces a Sebrel como Mashia y yo le pertenecemos.

—¿Cómo sabes todo eso? ¿De dónde conoces a la vieja? ¿Dónde te habías metido?—preguntó Galván entre bisbiseos y gruñidos.

—Me lo ha dicho Sebrel. Él es el dueño del conocimiento.

Una voz diferente atizó a Galván. Se estremeció. Por primera vez oyó hablar a Sebrel. Éste, portentoso, dijo las mismas palabras que había pronunciado Mashia, acompañadas de un profundo graznido.

Acto seguido Galván ya no se sintió un extraño. Ahora era parte de un todo. Sebrel era el núcleo donde convergían corrientes humanas y faunísticas. Y sin embargo, Galván se consideró una pieza necesaria dentro de ese engranaje. Se congratuló que así fuera. En ese momento experimentó un poder que su cerebro estaba asimilando. A él afluía sangre de cuervo y de sabiduría.

Mashia abrió los ojos. Vio a Galván, al cuervo con expresión sombría.

—Veo nubes negras cubrir el cielo. Se acercan. La guerra ha comenzado—dijo ella pausadamente y con ojos transgresores.

Galván también los vio, no como se ve normalmente, sino con la visión del vaticinio. No lo invadió el miedo, al contrario, imbuido por la congregación de fuerzas, se dispuso mentalmente para el inminente enfrentamiento.

 Mashia, coronada con una aureola de la que Galván no se había percatado antes, la siguió. Fueron al encuentro de los cuervos.

Observaron con detenimiento que las tropas oscuras se acercaban vertiginosamente, respaldadas por sus cantos de guerra. De inmediato los árboles se negrearon al igual que el tejado. Galván reconoció al viejo cuervo. Como líder del bando contrario, destacaba por encima de sus súbditos.

La sangre le hervía a Galván. Un irrefrenable poder lo impulsó a graznar:

— Spruk trokel kelim shaleg añac krulok.

Desplegó sus alas, que, aunque conservaban su blancura, adquirieron un resplandor seráfico. Voló hasta encontrarse con el viejo cuervo. Los ojos de ambos, cual gemas negras, brillaron de furor.

Centenares de cuervos los rodearon. Arengaban a su representante. Por su parte, Mashia, solitaria y con una expresión rejuvenecida, recitaba en susurros:

— Spruk trokel kelim shaleg añac krulok.

La atención general estaba dirigida hacia Groncho, al ver que sus dimensiones corpóreas se agigantaban. La legión de cuervos emitió graznidos de terror. Algunos revolotearon, la mayoría permaneció en su posición y pocos alzaron vuelo para perderse como masas imprecisas en el éter.

Los labios de Mashia no cesaban de moverse. Sus plegarias cobraron vitalidad.
Atónitos, los cuervos vieron como la cabeza de Groncho se alternaba entre humana, córvida y algo semejante a un búho albino, mientras el resto de su cuerpo permanecía inalterable.

Espantados, decenas huyeron.

En el preciso instante en que la cabeza de Groncho se tornó humana, El viejo cuervo cobrando denuedo, se lanzó al combate.

Una, dos, tres punzadas. Aullidos. La cabeza ahora era la del búho blanco. Éste revolcó al viejo cuervo sobre el pasto. Sin embargo el otro se desembarazó. Se atacaron. Más picotazos.  El viejo cuervo le atinó a uno de los ojos. Un proyectil sanguíneo salió disparado. Un graznido de dolor y la metamorfosis cesó hasta volver a su estado original.

Como si estuviese en un trance, Mashia continuaba con su retahíla sin mostrar desánimo por lo que le ocurría a Groncho.

El cuervo sacudió su cabeza y demudó nuevamente a búho. Aunque con el ojo herido, elevó su estatura unos centímetros más. Por lo que el viejo cuervo tembló.

Dominados por una inestable conmoción, los cuervos que observaban la escena gritaron espantados.

Groncho, aun con la cabeza de búho, pero graznando, dijo al viejo cuervo:

—Soy Sebrel, Alas de Nieve  y Galván. Tres en uno. Tú y tu bandada humillaron a Alas de Nieve por ser diferente; al portador de mi raíz. Lo desterraron miserablemente y no conforme con ello, lo persiguieron.

Barrió con su mirada de diamantes oscuros a los cuervos que cubrían los árboles y el tejado. Prosiguió:

—Yo escojo a quien darle mi poder. Te he medido maldito cuervo y no has sido de mi agrado. Has decepcionado a toda tu estirpe creyendo que iba a darte una posición privilegiada. Debiste usar bien tu instinto. ¿Acaso no razonaste en el por qué de las níveas alas de Groncho? ¿No imaginaste que se trataba de un augurio? No te has aplicado al verdadero significado de lo que soy.

Y graznando con un vigor inconmensurable hizo una revelación:

—Sebrel el discrepante, el Dios inconforme, el Rey de lo opuesto. Ese soy yo. He enlazado con el cordón rojo a mis tres súbditos. Ellos me pertenecen, los he reservado para mi exclusividad por no ser comunes.

Gradualmente se encogió hasta detenerse en su tamaño normal. Y su cabeza volvió a ser la de Groncho.  Al mismo tiempo, que Galván se separaba y aparecía de la nada a su costado derecho.

Mashia, en silencio, caminó en esa dirección y se colocó en el costado izquierdo.
Sebrel también se independizó del cuerpo de Groncho. Su albura refulgía. Se posicionó delante de sus tres siervos.

 Galván, Groncho y Mashia, observaron con profunda satisfacción como los cuervos formaban un círculo perfecto en torno a Sebrel, quien no paraba de resplandecer. Cientos de picos negros se clavaron en la tierra en símbolo de sumisión.

Al viejo cuervo no le quedó más opción que postrarse junto con sus compañeros y adherirse a Sebrel.

Luego de esto, los cuervos se dispersaron en absoluto silencio, como llevados por las nubes al infinito.

 Mashia, Galván y Groncho regresaron a la casa. En la sala, ella sentada en su mecedora, con Grocho en su regazo y Galván descansando a sus pies; hablaron por horas con el entusiasmo que agrupa a tres grandes amigos. Era el cordón rojo que Sebrel se había encargado de atar a sus vidas; tan distintas por fuera, pero interiormente, hermanadas en alma y espíritu.

En aquella dulce intimidad, Galván recordó donde y cuando había escuchado la frase que Mashia había repetido con insistencia. A su memoria afloraron sus días de bebé. Un búho blanco apostado en el alféizar, lo miraba con sus ojos ambamarinos y le decía:

— Spruk trokel kelim shaleg añac krulok.

Así, consideró que desde entonces el hilo rojo lo ligaba a Sebrel.

Dejó los recuerdos a un lado. Ahora había algo que lo agitaba; a Mashia le quedaban horas de vida, así se los había informado Sebrel. Como resultado de la noticia decidieron quedarse y hacerle compañía. Pensaron que tal vez Sebrel hallaría entre la muchedumbre o fauna a alguien como ellos, otro espécimen que se sumara a los escogidos.

  Miraban a través de la ventana y oían la ensordecedora lluvia que desdibujaba el crepúsculo. Sus semblantes transparentaban gratitud y esperanza porque sentían en el aire la presencia de Sebrel. Aquello los confortaba. El día de mañana podría presentarse otra amenaza hacia los de su especie. Pero eran parte de una alianza que no se rompería fácilmente.



                        F   N


Alejandra Sanders
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

ÚLTIMOS POSTS EN FACEBOOK