sábado, 20 de diciembre de 2014

UNDÉCIMA RONDA DE MICRORRELATOS: ESPECIAL NAVIDEÑO.

                                              EL MEJOR ÁRBOL


     Se aprestaba a decorar el árbol de navidad. Quería que la cena de Nochebuena fuese inolvidable. Entre los cartones arrumados en la bodega, encontró los adornos del año pasado, pero no le satisficieron. Los desechó. Entonces, un cortocircuito centelleó en sus redes sinápticas. Así que corrió al basurero que se encontraba en la esquina de su casa, con dos latas de atún abiertas. Al regresar y entrar en la sala y, amparada por el cielo noctámbulo, una manada gatuna le pisó los talones. Se las arregló para escoger a los gatos más oscuros. Una vez terminada la tarea, se regocijó al comprobar que el árbol lucía más bello que nunca. Con su voz meliflua, les prometió a los felinos que a la medianoche, los premiaría con algo más que pescado enlatado. Ellos respondieron con un concierto de miaus. Antes de salir de la sala en neblinas, les dijo:

—Ahora duerman un rato. Cuando lleguen los invitados, ¡ustedes cenarán los manjares de los dioses!






                                              LA BOLSA DE REGALOS


     Estaba ansioso por comprar los regalos de navidad para su familia. No quería defraudarlos. Pero su cuenta bancaria estaba escuálida. De modo que, en su desesperación, decidió hacer un pacto papanoélico. Le gustaba colmar a sus hijos de juguetes para esas fiestas, pero odiaba la figura del orondo representante navideño. Sin embargo, la situación era apremiante, por lo que se disfrazó con el traje rojo y la barba blanca. Con una gran bolsa en los hombros, recolectaría lo que podría darle dinero. Se los vendería a ese doctor de ojos desquiciados que era vecino suyo. Tan solo tendría que conseguir cerebros frescos. El neurólogo lo recompensaría muy bien. De eso estaba seguro.





                                          UNA SORPRESA PARA LUANA.


     La fría noche decembrina, la estimulaba. Luana tenía la certeza que las vísperas de navidad le depararía una felicidad infinita. Solo faltaban unos minutos para que su amiga Giselle, acudiera a la cita. Habían acordado verse junto al enorme árbol navideño que se erguía en el parque central. El tiempo transcurrió y Giselle no apareció. En el corazón de Luana, la furia crecía. Su impaciencia no toleraba los desplantes. Pero lo que ella no sabía, era que Giselle siempre había estado allí, camuflada detrás del árbol. En el instante en que se retiraba, echando humos y refunfuñando obscenidades, una voz enigmática salió de entre las ramas:

—¿Cuándo has sido feliz en navidad Luana?

La pequeña se quedó pensando, rememorando los diciembres pasados. Ninguno le vino a la mente, nunca había conocido la dicha navideña.





                                          LA LLAMADA DE AUXILIO

     La voz infantil emitió una llamada de auxilio. El hombre ataviado con su disfraz papanoélico, había estado concentrado en la expulsión del líquido cervecero. Pero el chillido lo sacó del placer de la micción. Interrumpió el derrame del fluido y guardó su paquete dentro de la bragueta.

 Después del jolgorio navideño, había decidido que lo mejor sería regresar a su casa antes de que la borrachera lo noqueara. No obstante, se había desviado del camino porque la orina pedía a gritos salir de su receptáculo. Estaba a la entrada del cementerio. Y la voz del niño, hizo que se adentrara. A cada paso que daba, la voz aflautada se hacía más diáfana. Detrás de una losa, descubrió un bulto en movimiento. La oscuridad no le permitía discernir bien a aquella pequeña figura. Se acercó. El niño seguía pidiendo ayuda y él le preguntó:
—¿Qué haces aquí pequeño? ¿Qué te pasa?

Encendió una cerilla para ver lo que le sucedía. Una cara desfigurada con una sonrisa socarrona le contestó:

—¡Feliz navidad Papá Noel!, ¡Te tengo un regalito!




Alejandra Sanders.
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