miércoles, 29 de julio de 2015

HIERBAS Y RAÍCES

Revolvía el agua hirviente con las hojas de eucalipto, hierbabuena y manzanilla. Concentrado en el remolino formado alrededor de la cuchara, hizo desgarrón tras desgarrón en el líquido amarillo verdoso. Con un silbido, solicitó la ayuda de Bonkim.

Después que la infusión se enfrió la guardó en una garrafa y se dirigió a la choza de Pernica.

Eludiendo la visibilidad, Bonkim, duende custodio del bosque de las Arminias, aparecía y desaparecía entre seta y seta. Previendo los reproches que le lanzaría Glimus cuando el efecto adverso del bebedizo quedara en evidencia, ensayó varias excusas, repertorio que guardaba para aplacar el enojo del anciano.

Había luchado por reprimir el deseo de truncar el trabajo herbario de Glimus. Le caía bien, pero su espíritu malicioso hacía inevitable que, en ocasiones, obrara en favor del bienestar de los pacientes, del herbolario y de él mismo.

—Oh Pernica, Pernica, disculpa a este viejo torpe, debí confundir las medidas y poner más de lo uno y menos de lo otro.

Pernica sudaba frío y su palidez empezaba a oscurecerse con matices azulados y violáceos. Las justificaciones de Glimus se sostenían junto con los humores de la mujer, que por su gordura excesiva, yacía desparramada en la cama. Había hecho llamar al experto en hierbas porque la posición sedentaria de sus intestinos no le permitía evacuar con normalidad.

El brebaje hizo más que destapar la obstrucción, desvaneció cualquier freno natural necesario en el conducto intestinal. Atacada por horribles  dolores abdominales, profirió las peores obscenidades que oídos educados pudieran soportar.

Yanil, sirvienta de Pernica, iba con las tinajas llenas de desperdicios diarreicos y regresaba con la nariz despejada de los intensos olores para, estoicamente, volver a hundirse en vapores de aromas perturbables.

—¡Qué me diste a beber!—viejo decrépito—increpó Pernica a Glimus con su último aliento.

Avergonzado, Glimus se amparó en el silencio. Con ansias de desaparecer, pero fiel a su moral, calmó a Pernica convenciéndola de que los intestinos estaban siendo purgados. La evacuación forzada la alivianaría y otra vez podría calzar sus chanclas, abandonar la superficie de su camastro y sentir, como antaño, la de la tierra.

A través del cristal pañoso, Bonkim observaba la emergencia por la que atravesaban, Glimus, Pernica y Yanil. Apesadumbrado por el herbolario y la niña, no así por la mujer, se valió de sus poderes sobrenaturales para entrar al hogar sin ser visto.

La pestilencia por poco lo ahuyenta. Pero, sabiendo que era producto de sus travesuras, se encaramó en un hombro de Glimus, quien con su sudor helado reflejaba un aspecto tan o más decadente que el de la paciente.

Glimus sintió el olor a hierbabuena y romero que caracterizaba a Bonkim. Estremecido, agradeció que su olfato recibiera un descanso. Escuchó atento las disculpas e instrucciones del duende susurradas a su oído. Imposibilitado de regañar a Bonkim, se circunscribió a acatar lo que éste le dictaba.

Vigorizado por nuevos bríos, solicitó de Yanil una vasija y rescató de su bolsa de cuero unas cuantas hierbas, indispensables en su transitar. Realizó el mismo procedimiento que había hecho en la cabaña. Antes de dárselo a beber a Pernica y para no ser visto, se asomó a la ventana, soplando la tisana en un pequeño tazón. Bisbiseó a Bonkim si estaba seguro de que esta vez no había triquiñuelas de por medio, a lo que el duende asintió ceremonioso, alternando su presencia fuera y dentro de la casa.

Irritado por el ambiguo comportamiento de Bonkim, Glimus el herbolario refunfuñó, olvidando los quejidos de Pernica y la infatigabilidad de Yanil:

—Será mejor que esta vez funcione…

Despojándose por un momento de sus penurias, Pernica preguntó con quien estaba hablando. Yanil se estacionó con palangana en mano esperando también satisfacer su curiosidad, mientras el silencio se adueñaba terriblemente de todo para dejar que las respiraciones entrecortadas ora por el temor, ora por la fatiga, soplaran en el espacio cerrado. Viéndose en aprietos, Glimus tartamudeó:

—Co-co-con-mi-mi-go.

Esta vez, esperando que su rabia tuviera la suficiente contundencia para ser transmitida mentalmente, pensó:

«Te veré en el bosque de las Arminias».

Bonkim se camufló en su traje invisible, dejando al herbolario nadando en su ira.

Glimus olía la presencia del duende en las estelas balsámicas que sobrevolaban libres, desvergonzadas. Sin embargo, se concentró en rectificar el error cometido con la anatomía de Pernica y se prometió ajustar cuentas con el duende una vez resuelto el problema.

A regañadientes Pernica sorbió de la infusión, observando con desconfianza a un Glimus de rostro comprimido.

En un rincón, Yanil con las manos cruzadas a sus espaldas, sosteniendo algunas hierbas y raíces, invocaba a Bonkim que desatara su obligación para con Pernica.

Había sido contratada con la promesa de un pago de dos centavos diarios. Pernica, terminó pagándole dos centavos semanales, sin permisos para visitar o ser visitada por su madre. Era esquelética y de una palidez extrema.  Sus ojos eran dos agujeros tristes.

Entre la espada y la pared, Bonkim, cabizbajo y moviendo sus puntiagudas orejas, comprendió que en esta ocasión, una motivación distinta, lo induciría a consternar el organismo de Pernica. Sabía lo que eso significaba, el final de su amistad con el viejo Glimus.

Consideró que el sacrificio valía la pena. Se amparó en la idea de que los decadentes huesos de Glimus pronto se reencontrarían con los de sus ancestros en el cementerio adyacente al bosque. En cambio Yanil, floreciente, llevaba el perfume de la primavera en sus carnes. Apostó por ella.

Extenuada por la expulsión orgánica de lo último que habitaba en su ser, Pernica deambuló entre la vida y la muerte hasta que finalmente, quebrada en un rictus agónico, abandonó a los mortales.

Una pesadumbre más grande que la provocada por la tiranía de la que había sido objeto, se apoderó de Yanil. Mortificada por la culpa, se odió tanto como odió a Bonkim por haber accedido a su ruego silencioso.

Por su parte, el viejo herbolario, resentido por el quebrantamiento de la palabra dada, aminoró el rencor gracias a la percepción obsequiada por los años y a su olfato desarrollado por la manipulación de las hierbas. Percibió una disminución drástica en los efluvios herbáceos que dejaba el rastro del duende, casi imperceptible. Lo tradujo como una profunda congoja. Lleno de lástima, le dijo:

—¿Por qué lo hiciste?

Después de poner a Glimus al tanto del drama que había vivido Yanil, subyugada por la difunta, hasta el más ínfimo rastro de resquemor se disipó de su espíritu. La simpatía granjeada anteriormente, recobró su esplendor, diluyendo en las penumbras del bosque y del cementerio las consecuencias de un acto que con apariencia de malvado, resultó ser noble y sacrificado.

Yanil desapareció de las Arminias, como si las raíces del bosque se hubiesen cobrado con ella las acciones de Bonkim. Ni siquiera con su magia medieval pudo dar con el paradero de la niña. Solo la comprensiva actitud de Glimus le sirvió de soporte para digerir la pérdida.

—Cuando las acciones nobles nos motivan, aunque las cosas no salgan según lo previsto, consolémonos con saber que no le hemos fallado a nuestro corazón—le dijo Glimus, como sellando el asunto en las cortezas de los decimonónicos árboles que se alzaban como testigos de la aflicción compartida.

Con el paso del tiempo, las heridas del alma se aliviaron.

Como de costumbre, Bonkim jugaba en el bosque de las Arminias, absorbiendo el perfume de las hierbas. Una de ellas le llamó la atención sobremanera: de un verde transparente, tallos altos y hojas minúsculas. Jamás la había visto.

—¡Apártate!—gritó el hierbajo—jamás robarás mi esencia. Estoy protegida por el más letal de los venenos.

Paulatinamente, la planta creció, marchitando con sus tentáculos árboles, flores y demás hierbas.

A medida que el dominio del hierbajo se extendía, el de Bonkim como guardián del bosque, disminuía. Su influencia y poderes cesaron por completo.

Un día, caminando bajo el crepúsculo, el herbolario se detuvo en las cercanías del bosque. Con ojos apagados y arrastrando los pies, silbó a Bonkim. No obtuvo respuesta. Volvió a silbar sin atreverse a acercarse más. Una vocecita le respondió:

—Soy la protectora de las Arminias. ¡Bonkim murió!

—No has protegido el bosque, ¡lo has arruinado!—exclamó Glimus.

—Te equivocas viejo. ¡He matado la raíz de mis culpas!

—No pequeña. En el intento de remandar una costura, has hecho desgarrón tras desgarrón.

                        F  I  N

Alejandra Sanders
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

ÚLTIMOS POSTS EN FACEBOOK