jueves, 21 de agosto de 2014

TESOROS TURBIOS. PRIMERA PARTE

     He abierto cientos de puertas. Ninguna de ellas me ha proporcionado lo que buscaba. Lo que todos buscan y pocos encuentran. Sin cejar en mi esfuerzo, me dispongo a horadar los muros que me flanquean. Solo así conseguiré alcanzar mi objetivo: la emancipación absoluta. Compuertas fortificadas se apostan a mi alrededor. Enemigas acérrimas. Después de ensanchar el espacio en el que me encuentro ubicado, dejarme respirar un aparente aire de libertad, me comprimen. Poco a poco van arrastrando sus paredes, cerrándolas en torno a mi humanidad despellejada. Como un esfínter contrayéndose, va encogiendo su boca, dispuesta a triturarme, a cercenar por completo el espejismo en el que me ha envuelto.

     Desesperado, intento escapar del inminente desastre. Antes de que el círculo se cierre, trato de escalar por uno de los tabiques de mi adversario. Inútilmente mis pies resbalan como si estuviesen aderezados con aceite y mantequilla. O en su defecto, como si estuviera reptando por un muro gelatinoso. Más, sin bajar los brazos, y a pesar de que ya siento la presión que ejercen sobre mis carnes, dirijo la mirada hacia el único lugar donde se halla la salida: hacia arriba. Quizá, en el momento preciso, cuanto más imperiosas y más se agudicen las circunstancias adversas en las que me hallo, de manera sobrenatural alguien vestido con una armadura de conmiseración, me libere de este vil sufrimiento.

     ¿Cómo llegué a introducirme en esta trampa mortal? Si tan solo hubiese tenido un cartelón de advertencia que dijera «Peligro, no se acerque, mi hermosura es una mera ilusión, soy asesina por excelencia, no solo muerdo, también trituro y devoro». Pero que estupidez, ¿Qué celada va anunciándose por allí con bombos y platillos? Al contrario, es sigilosa y rastrera. Sigue su ruta trazada por ella misma, metamorfoseándose, un camaleón maligno que se presentó ante mí como yo quería verla…y poseerla. Una diosa placentera y subyugante. Una serpiente con piel humana y con voz candorosa que empalaga los sentidos.

     Debió estudiarme, estoy casi seguro que me psicoanalizó, tal vez investida con algún disfraz chapucero. ¿Con quién entablé conversación en las últimas semanas? Con el anciano del quiosco donde me aprovisiono de lectura ligera. Ahora que lo pienso bien, el octogenario no es dado a parlotear, pero hace tres días me cautivó con un agradable parlamento. Me sustrajo tres preciosas horas. En ese instante lo consideré una inversión bien habida. Pero ahora…aunque sus palabras parecían sacadas de diálogos salomónicos, de manera astuta me había conducido por el camino del autoanálisis. A pesar de ser él quien habló y habló hasta por los codos, sacó información sustancial de mi vida. ¡Qué viejo tan hábil! ¡Satanás y sus malditas triquiñuelas!

     Es probable que me apresure a culpar al anciano. Pero mis sospechas son válidas. Aunque también…cabe la posibilidad de que se haya camuflado como la libidinosa vecina que me acosa sin cesar. Sin duda, una mujer atractiva, con un caderamen portentoso, es la lujuria andante, pero excesivamente gratuita para mi gusto. Sin embargo, anteayer, a diferencia de sus monólogos frívolos, me atrajo a un tema profundo, lo que me dejó patidifuso. Después de la charla sobre el existencialismo y autores como Sartre, Camus y Kafka llegué a sentir un hondo remordimiento por haberla prejuzgado. Aquel coloquio intelectual hizo que la viera con otros ojos. Tengo una cuasi certeza de que fue ella…si tuvo que ser ella. Me sentí tan emocionado que hasta le revelé —de manera tonta— el gran proyecto de mi sacrosanto opúsculo.

«¡Qué bocazas fuiste Macario!» Un Sansón esquilado por una Dalila ladina, ¡adiós a tus sietes trenzas, imbécil!

     Aunque cabe la posibilidad de que no haya sido ni Don Ángel, ni la seudo-Dalila. ¿Y si tal vez fue…el mocoso de la biblioteca? Ayer acudí dos veces, a media mañana y al atardecer, y en ambas ocasiones estuvo allí. Sus ojos grandes y redondos parecían enterrarse en mi alma. Con el rabillo del ojo vi como analizaba cada uno de mis casi imperceptibles movimientos. Aunque habían seis personas más consagradas a la misma labor que me ocupaba: la lectura; para el infante solo existía yo. Pensé que solo era una puerilidad, que quizá estaba observándome hasta que le correspondiera. Así que lo complací. Giré y el sonrió con dulzura. Inspiró ternura en mi insípido corazón. Luego, se acercó y preguntó por el libro que estaba en mis manos. ¿Por qué a un pequeño de seis años le iba a interesar lo que estaba leyendo? Sin que yo lo invitara se sentó a mi lado y encerrado en un considerado mutis contempló las páginas por las que discurrían mis ojos hambrientos. Aunque al principio su compañía me perturbó, transcurridos varios minutos me habitué a su mirada escrutadora. Y es que sus ojos de lémur, al igual que los míos, estaban clavados en los folios. Fue como si de repente, se hubiera convertido en un ser invisible, o sencillamente hubiese desaparecido. Pero seguía ahí…espiando, silencioso.

     Existe otra probabilidad, aunque remota, que quien me hubiera puesto en esta situación de peligro extremo hubiese sido mi ambición desmedida. Una codicia ciega, enmascarada sutilmente por la curiosidad analítica de un treintañero aspirante a numismático ¿Será posible? Años invertidos en estudios minuciosos para desvelar el secreto arcano de un tesoro por el que muchos asesinarían. Ya estaba a punto de saborearlo, a un tris de disfrutar de los placeres que me proporcionaría. Sé que no soy digno de tal fruición, pero la he ansiado por mucho tiempo. Y justo en el instante crucial…las paredes de la muerte oprimen mi triste existencia.

     De mi amplia frente nacen lágrimas de sudor. Los efluvios salinos resbalan por unas mejillas trémulas. El pavor se dibuja en el iris castaño. Incluso, siento como cada célula de mi cuerpo maltrecho se hunde en el abismo de la perdición, de la desesperanza. Un arrepentimiento repentino invade mi espíritu. Es como si trocara, debido a la urgencia apremiante, mi arraigado ateísmo por una fe incipiente. Y de mi garganta brotan las palabras que jamás pensé articular:

—¡Diooooos existes, se que estás allí, viéndome sufrir! ¡Imploro tu ayuda!

     Y como si de un prodigio magno se tratara, como si un serafín benévolo, se hubiese apiadado de mi miseria, una voz meliflua y cálida musitó:

—¡Macario! ¡Resiste! ¡Resiste! ¡Encontrarás la salida! No te diré quien soy, pero te permitiré suponer lo que se te cruce por tu mente. Ahora, presta atención a las pistas que te llevarán a encontrar tu libertad. Tienes que descifrar el enigma y solo entonces, quizá se te permita apropiarte del tesoro sacro. El acertijo al que tienes que encontrarle el sentido verdadero es este: “Robaste una bolsa repleta de gemas, brillaban en la oscuridad. Una luz fulgurante eclipsó su brillo natural. Las recalentó y las opacó. La bolsa de cuero curtido en la que se encontraban empezó a agujerearse y las gemas cayeron. Cose la bolsa y pule las gemas. Cose y pule”.

                                    C  O  N  T  I  N  U  A  R  Á

                                     Autora: Alejandra Sanders
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