martes, 30 de junio de 2015

BAJO LA SOMBRA DE AFRODITA

Incardinada en la secta de los Iluminadores de los Tiempos, Telma se fundió de tal forma con el organismo, que nadie parecía dudar de su espiritualidad recién adquirida.

Ataviada con una túnica de color púrpura y una corona de oliva que, cual aureola, entronizaba sus rizos borgoñas, caminaba junto al Alto Bantra, el máximo líder espiritual de la secta. Sin bajar la guardia un solo instante, absorbía información, observando, escuchando y evitando las preguntas directas a las que solía dar rienda suelta en sus habituales interrogatorios.

Percatándose de que, a pesar de la naturalidad con la que era tratada, un manto de simulaciones la arropaba, desistió de forzar situaciones que pusieran en entredicho su verdadera identidad y el objetivo de su adhesión.

Encapsulada en la túnica que transparentaba sus largas piernas, se sabía objeto de deseo de jóvenes que aligeraban sus miradas cuando ella entraba en la cámara donde se reunían bajo el acaudillamiento del Alto Bantra. Discernía, incluso que mas allá de la separación social impuesta por el líder, hasta él anhelaba la tibieza que guardaba su monte de Venus. Pero todos se mostraban castos cuando ella estaba cerca. Parecía haber una espiral de sospechas, que crecía con el fluir de la convivencia.

Se celebraban las Afrodisias, y para magnificar su festividad, Afrodita, transubstanciada, copulaba con efebos escogidos por ella misma. Era el turno de Argenis, quien, conjugaba los movimientos dóciles con los salvajes al ritmo impuesto por la diosa. Delicados aromas a manzanas y rosas, circunvalaban el altar. Las hieródulas, en desenfrenada  concupiscencia, cabalgaban  sobre sementales humanos. De las rosadas pieles brotaban hálitos y suspiros que vagaban de aquí para allá, cruzando el Templo y llegando al Ágora y a toda Corinto.

Las reuniones de dinámica de grupo habían quedado atrás. Esta era la primera sesión de adoctrinamiento a la que Telma asistía. Los claroscuros creados por efecto de la difusa luz que, oblicuamente, penetraba suave, a través de las claraboyas, y el sombrío encierro, servían de fondo perfecto al discurso de gran ampulosidad que ofrecía el Alto Bantra. Vertía sin rebozo, la ideología central de la secta y sus ramas.

Enmascarando su horror, Telma, sentía como puñetazos al hígado, las miradas de los adeptos. Después de haber visto las multiformes caras de la maldad, jamás pensó toparse con que aquellos jóvenes de rostros dulces y trato afable, fueran los vectores de la raíz de la malignidad. Los había subestimado. Y ahora, sin temor a sobredimensionar la satánica ralea, se obligaba a simular más que nunca, hasta profundizar y descubrir el trasfondo de lo que disertaba el Alto Bantra. Había tomado conciencia que cualquier sacrificio sería positivo para la investigación.

En el templo dórico, las columnas temblaban junto con sus capiteles. La ondulante cabellera rozaba el zócalo rítmicamente. Gemidos lascivos musicalizaban los oídos de su amante y del Acrocorinto, mientras ella, con habilidad táctil juegueteaba con la erección etérea. Bajo su sombra, sacerdotisas la imitaban placenteramente, creando una sinfonía edénica y transgresora.

Esta era la verdadera iniciación de Telma. Para poder pasarla, accedió a los efectos alucinógenos del LSD, ofrecidos por Dámaris, jefa de las Brigadas Femeninas. Pero su petición de anticonceptivos fue rechazada. No sabía que le causaría más pavor, si el ultraje visual o el físico al que se expondría, una vez que los preparativos para el altar estuviesen listos.

En un camarín forrado de telas color carmesí, fue acicalada por dos niñas a las que no había visto antes. Refrenó el impulso de preguntarles cómo y cuándo habían sido enroladas, al notar el cariz ausente y frío, en sus rostros y gesticulaciones.

Terminada la labor, la colocaron frente a un espejo ovalado. Telma vio reflejado el miedo en la soflama que incendiaba sus mejillas. Robóticamente, fue conducida a la cámara principal.

Frotándose las manos en su ajustado vestido bermellón, veía la agilidad con la que, hombres y mujeres, adornaban el presbiterio con rosas blancas, crisantemos y tulipanes. Pensó que la atmósfera creada era propicia para un matrimonio religioso, pero la ironía de todo ese fulgor de realeza desplazado a su alrededor, soslayaba la pureza de un acto nupcial.

Ensortijados en intensas fragancias, los cuerpos humedecidos por el placer, eran observados por Jenofonte, ganador del pentatlón en los juegos olímpicos.  Mutuos obsequios eran disfrutados por la diosa y el atleta. Hermosas heteras deleitaban y alimentaban la lascivia del corredor, quien no conforme con ello, propuso a Afrodita que lo escogiese para saborear juntos las delicias pasionales.

La petición de Jenofonte fue considerada como una osadía superlativa e imperdonable. Furibunda, Afrodita detuvo el festival orgiástico y ordenó que encendieran la hoguera sagrada.

Un oloroso vapor oscilaba y penetraba los sentidos de Telma. El ambiente impregnado del aroma de las flores, luces de baja intensidad y música sugestiva, multiplicaron la sensualidad en su cuerpo, móvil y ondulante. Dejándose llevar por manos que recorrían su piel centímetro a centímetro, cedió al deseo. Sensaciones ascendentes eliminaron todo temor. Un séquito de quejidos germinó de la oscuridad, las etéreas y atemporales exhalaciones acariciaban la temblorosa juventud.

Virtuosa amante, Afrodita no consentía que un humano, inferior a su estirpe divina, la orientara en el arte del sexo. Jenofonte pagó su pecado capital matizando con su carne quemada el olor de las flores de primavera. El sacrificio pareció darle más ímpetu al festival de las Afrodisias, una vez reanudado.

Desdibujadas siluetas rodeaban el altar. Manos traviesas tanteaban sobre la mesa de sacrificio la morbidez de Telma, exhausta y extasiada. Sus ojos se perdían en la nada y los últimos movimientos convulsos se desparramaban acompasadamente.

El Alto Bantra pronunció  las palabras de rigor:

—En el nombre de nuestra Diosa Afrodita, te bautizo como Tais. Serás la hija de la persuasión. Harás que las aguas mansas se tornen torrentosas y las torrentosas, mansas.

Una sombra monstruosa se disipó fugazmente en las celdillas de sus pensamientos: dos niñas gritando, ahogándose en una laguna escarlata. Dos rostros conocidos y olvidados al instante.

Con la mezcla de los restos de semen y sangre, le dibujó en el vientre, una Afrodita voluptuosa sobre una concha. Un coro de voces dóciles se alzó en la semioscuridad. Era el gozo no solo por la formal admisión de su nueva miembro, sino, como más tarde se lo revelaría el Alto Bantra, la mujer destinada a convertirse en la amante de Vladimir Putin como la hetera Tais lo había sido de Alejandro Magno y luego de Ptolomeo I.

Las columnas de mármol testificaban del contubernio entre muerte y vida, placer y dolor, terror y pasión. Sobre el zócalo de piedra, las cortesanas sagradas desgarraban sus gargantas en aullidos que terminaban en provocadores gemidos. En la cella, Afrodita, fornicaba con dos gemelos, irreverentes ante los huesos humeantes de Jenofonte quien, disolviéndose en su propio infierno, aportaba a la ocasión, su fruición post-mortem.

Telma vislumbró en el horizonte el cometido que se le otorgaba. El ritual iniciático había servido, además de para bautizarla, también como método de acondicionamiento a su nueva realidad. Sin rezagos de sus anteriores prioridades, el enfoque implantado en su mente, la estaba convirtiendo, al igual que a los demás miembros, en una pieza armamentista.

Con el fin de robustecer su adoptada convicción, la sometieron a varias sesiones más, de sangre y simiente; bautismo sobre bautismo. Desde su templo, Afrodita observaba aprobadoramente a su hieródula moldeada por ella a través del Alto Bantra y de los Iluminadores de los Tiempos. Sintiéndose mitigada, Telma asimilaba las instrucciones. Clases intensivas de ruso, etiqueta y otros cursos, le ayudarían a actuar con naturalidad frente al estadista.  Esos solo serían los instrumentos humanos añadidos a los que aportaría la diosa Afrodita. Ella se encargaría de crear el imán de pasiones, tal como había destejido el matrimonio del líder ruso con Lyudmila Putina.

Atravesando los túneles del tiempo, la siembra del amor entre Vladimir y la nueva Tais, serviría a los planes estructurales de la diosa. Mover las fichas en el mapa mundial utilizando a sus heteras, siempre le había dado la satisfacción del poder controlado por mujeres, dejando que los hombres creyeran lo contrario.

Bajo profundas capas de su memoria, reposaban sus antecedentes, lejos, muy lejos de la personalidad de la reencarnada Tais. A su alrededor, hombres de negro la escoltaban a través de los amplios pasillos del Salón de la Orden de San Jorge en el Gran palacio del Kremlin.  El río Moscova brillaba bajo el sol veraniego como lo hacían los ojos de Vladimir al verla encabezando su guardia personal.

                        F  I  N

Alejandra Sanders
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