lunes, 2 de marzo de 2015

EL RUGIDO DE UNA VOZ

El local estaba a reventar. Hombres, mujeres y niños, vitoreaban a su líder. Todos irradiaban en sus rostros la plenitud de la esperanza alcanzada. Orgullosos, señalaban  a sus frentes, en las que se podía ver tatuada como insignia partidista, un ojo iridiscente. Tres camarógrafos los enfocaban desde distintos ángulos. Y la muchedumbre, con sonrisas serviles y frases colmadas de adulación gritaban:

—¡Nuestro Padre eres tú! ¡Rey de nuestras vidas! ¡Gobernante de las masas!

Todo esto decían mientras billones de gotas salivales flotaban en el aire, como un rocío mañanero.

Durante un receso silencioso, justo cuando el gentío iba a comenzar nuevamente sus cánticos lisonjeros se escuchó una voz diferente.  Aunque apagada, por el contenido de sus palabras, parecía que atronaba más de lo que lo habían hecho las demás:

—Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.

Lo repitió una segunda vez. Una sola voz que corrió, cual mar embravecido, la sala de audiencias, de punta a punta; provocó que las gentes arrugaran los entrecejos e hicieran muecas de desaprobación. Se miraron unos a otros, como intentando descifrar el origen del latigazo oral que habían recibido. Hasta que, poco a poco, fueron descubriéndolo los que se encontraban alrededor del antagonista, sumándose luego, el resto.

Como en el vórtice de un remolino, surgió la minúscula figura de un anciano. De ojos hundidos y expresión petrificada, pareció amilanarse ante las miradas irascibles. Sin embargo, y a pesar de las palabras soeces que vomitaban sobre él, repitió una tercera vez el aforismo. El populacho calló.

De inmediato otra voz, imponente, rugió desde el estrado:

—¡Acérquenme al blasfemo!

Era el líder, que había recuperado el protagonismo. Su semblante denotaba rabia controlada. No tardó mucho tiempo para que el menudo hombre fuera conducido a sus pies.

—Dime viejo ¿De dónde sacaste valor para enfrentarme? —Inquirió el caudillo político, inclinándose hasta ubicarse cara a cara con el centenario hombre.

Éste tembló. Sus rodillas chocaron una contra otra. Sus labios sellados por el miedo y los nervios podían ser interpretados como irreverencia contumaz.

El líder lo observó detenidamente y concluyó para sí que otra persona debió haberlo utilizado. Razonó que un ser tan frágil y pusilánime no podría denostarlo a él y a la multitud. Barrió con su mirada a la caterva y pronunció:

—Alguien más está detrás de esta insurrección. Han usado a este decrépito como cabeza de turco. ¡Quiero al verdadero agitador!

De inmediato, un murmullo general se generó en la audiencia.

El líder azuzó con uno de sus rollizos dedos a los soldados apostados detrás del auditorio. Estos marcharon y rodearon al atemorizado público.

En el corazón de la marea humana, se oyeron frases con tonos suplicantes:

—¡Nuestro Rey y Padre!, ¡lo hemos visto y oído! ¡Fue el viejo quien profirió esas palabras salvajes!

Otro dijo:

—¡Nuestro Rey y Padre!, ¡he visto de sus labios salir tal aberración! ¡Nadie más habló, solo él!

Y así, muchos más se unieron a la propia defensa y a la acusación del anciano.

El líder, confundido ante las aseveraciones y más aun, ante la perenne expresión de terror del hombre, vociferó:

—No puedo permitir que surja la raíz de una revolución; venga de quien venga. Todos ustedes, súbditos leales  se benefician de un gobierno estricto pero justo. La mala hierba debe ser arrancada, aunque eso conlleve dañar unos cuantos centenos. Solo así, caminaremos hacia el progreso.

Una gargantuesca exclamación brotó de la concurrencia.

El viejo que hasta ese momento había permanecido en silencio, habló sin rastro del terror previo:

—¡Nadie me obligó!

Sacó de su bolsillo un papel arrugado y lo extendió al líder. Éste, se lo arrebató y leyó las palabras que consideraba subversivas. Estaban resaltadas. Eran parte de  un antiguo discurso suyo, cuando aun no había sido elegido representante de la nación, cuando había sido parte de la oposición.

El anciano, lo miró suspicazmente y con la sabiduría que le habían concedido los años, dijo:

—¡Nuestro Rey y Padre, arranque la mala hierba pero no el centeno!


            F  I  N

Alejandra Sanders

PD: Este relato es para FRASELETREANDO; con la frase de Mariano José de Larra: “Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.”
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