sábado, 20 de septiembre de 2014

TESOROS TURBIOS. QUINTA PARTE

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     Un juego de luces y sombras atropella mis ojos. En la pared rocosa, dos petroglifos me paralizan. Al notar Ramón mi estupefacción, me sacude el brazo. El breve ensimismamiento que me ha capturado, me libera cuando escucho la resonancia de mi nombre brotar de los labios de mi acompañante:

—¡Macario! ¡Macario! ¿Qué te sucede? Estás como…ido —acerca sus dedos al macizo negro y acaricia las pictografías— Ya he perdido la cuenta de las veces que he estado en esta cueva, pero no recuerdo haber visto antes estos dibujos. Es cierto que no me he detenido a indagar cada centímetro de la cueva. Pero también es cierto que si hubieran estado aquí antes, no habrían pasado inadvertidas. Por lo tanto las hubiese considerado en mis discursos explicativos a los turistas. Un tema más para captar su apetito cognoscitivo.

     Las rodillas me tiemblan, el maxilar inferior se me afloja, mi lengua nada en un mar de saliva. Quito mi aturdida mirada por un momento de los dibujos y giro a ver a Ramón, que me corresponde con expresión inquisitiva. Hunde su cabeza rapada entre sus anchos hombros y susurra ampliando sus ojos:

—¡Es un misteriooooo Macario! Los Wittmer pernoctaron en la cueva a su llegada a la isla, pero no pudieron ser ellos. ¡Esto es reciente!

—Ti…ti…e…nes razón —digo vacilando, pauso un momento y articulo las palabras con mayor aplomo—. No he venido aquí tantas veces como tú, pero si las suficientes como para no haberme dado cuenta antes de estos símbolos rupestres. ¡Alguien los dibujó para mí!

—¡¿Quéeeee qué qué?! Oye Macario, ¿te fumaste algo?

—¡ ¿Qué?! Ah no, nooo, olvida lo que dije, creo que hay un aire viciado aquí. Será mejor que te vayas Ramón, yo regresaré después, tengo que meditar en algo.

—¡ ¿Irme?! No señor, aquí me quedo. Hay algo que no está bien y quiero saber que es. Voy a tomarle unas cuantas fotos a esos dibujos. Si aparecieron de improviso, también pueden desaparecer de la misma manera. Por lo tanto, me quedo.

     Al instante, Ramón saca su Smartphone y desde distintos ángulos capta las imágenes de la roca. Después empieza a grabar y con un tono de voz imperioso describe detalladamente los petroglifos. Para mi frustración, también menciona en su video mi «excesiva perplejidad» y «la desubicada interpretación de que era un mensaje dirigido a mí». Aquello hiere mi orgullo, por lo que lo interrumpo con brusquedad:

—¡Corta eso ya!

     Él parece sentirse mucho más agraviado que yo. En fracciones de segundos, su semblante da un vuelco. Las facciones se tornan severas. Cierra una mano y forma un puño amenazante; y su cuerpo parece volverse igual de rígido. Afortunadamente su reacción iracunda es breve.

     Durante esos segundos olvido el misterio de los dibujos rocosos. Me desconcierta la actitud de Ramón ajena a su personalidad jocosa, informal y curiosa. Una sombra de duda recorre mi mente y en mis pensamientos queda grabado el temperamental traspié de mi compañero.

     La confusión se bosqueja en su rostro como si no hubiera sido consciente de sus actos.

—Discúlpame Macario, me siento extraño, muy extraño. No sé que me pasó. A veces soy demasiado frontal, no debí mencionar mis impresiones sobre tu reacción y tu posterior comentario. Espera, voy a borrarlo y a grabar nuevamente ¿te parece?

     Asiento afirmativamente con la cabeza, pero la suspicacia ya ha anidado en mi corazón. Creo que sus disculpas se refieren a la intimidación a la que me había arrinconado. Pero no. Y pienso que no lo ha hecho, porque esos segundos se han borrado de su memoria, esos segundos no han sido suyos, sino de alguien más…Un temblor frío arruga mis entrañas.

     El vídeo se puede suprimir, las acciones procaces de Ramón también, no así mis conjeturas, éstas son indelebles. Se han marcado con hierro candente y nadie las puede desvanecer ya.

—Déjalo Ramón, no borres el vídeo. Es una prueba de nuestro descubrimiento —digo con cierto desconsuelo.

—Macario, esta isla está llena de hechos misteriosos —dice esto mientras apoya su humanidad sobre la piedra muerta—. Piratas enfebrecidos por los botines que podían conseguir y esconder, alemanes locos que se mataban y acusaban entre sí. También la colonia penal que se instaló aquí, ladrones y matones. Escuché que uno apellidado Briones se había fugado en un ballenero que había capturado y eso no es todo…una teoría se difundió alrededor de los colonos alemanes. Se decía que todos ellos formaban parte de una intrincada red de espionaje. Que se habían encargado de encubrir sus verdaderos propósitos con un apropiado disfraz de excéntricos y naturistas. Eso lo leí en un libro titulado “Galápagos” del escritor ecuatoriano Bolívar Naveda. Te lo puedo prestar, te aseguro que sus hipótesis son de lo más apasionantes. Naveda sostiene que los germanos se asentaron en Floreana para sondear, señalizar la zona y hacer estudios geográficos. Además de buscar aéreas propicias para depositar combustibles…

—Sabes mucho sobre el tema —digo con afán por receptar más información—. No creo que les transmitas esa teoría a los turistas. Al menos que yo recuerde, es la primera vez que te la escucho.

—Es cierto —aduce Ramón con una sonrisa que denotaba picardía—, esos datos los reservo para ocasiones especiales. Para causar buena impresión en la intimidad con alguna que otra turista.

—Para alardear —manifiesto sosteniéndole la mirada.

—Un momento, un momento, ja ja. No pretendo hacerme el interesante contigo. ¿Es eso lo que piensas? —inquiere ruborizado.

Después de un breve silencio, me desternillo de risa y Ramón me secunda.

—Uuuffff, por un momento pensé que eras gay —dice con un tono de profundo alivio.

—No he dicho que no lo sea —afirmo flemático— no te preocupes, no corres esa clase de peligro conmigo. Pero, por favor, prosigue con la teoría de Naveda.

—Siiiii, eeeeh, bue…no. Aaaah siiii, si. Como te iba diciendo —me lanza una mirada llena de desasosiego y después, mientras continúa hablando, deja que sus ojos se pierdan en la penumbra que nos rodea—. Otro alemán confirmó la teoría de Naveda. Un tal…Von…Hagen. Este hombre fue acusado de espionaje en Estados Unidos, el mismísimo Franklin Delano Roosevelt había ordenado que lo arrestaran. Y en efecto, en San Francisco fue prendido. Lo habían acusado entre otras cosas, de vender documentos Galapaguenses a los nazis.

—¡Vaya! Eso sí que es fascinante. La ubicación del archipiélago es estratégica, no es una idea descabellada después de todo.

—En efecto —asevera Ramón con mayor confianza—, Roosevelt manifestó curiosidad por conocer a los Wittmer. Pero ellos quedaron consternados cuando en lugar de Rossevelt, una tropa estadounidense desembarcó aquí. Revisaron la isla de cabo a rabo, la casa de los Wittmer con esmero desmedido. Ese episodio se produjo en 1947. ¿A que no adivinas la razón de la búsqueda?

—Dímelo tú.

—¡Buscaban a Hitler! ¡Les había llegado un informe de que estaba aquí en Floreana y que los Wittmer lo ocultaban!

—¡¿En serio?! Si que debiste impresionar a más de una con esa histo…

     Corto la oración. No quiero incomodar a Ramón más de lo que ya está. Por lo que no le revelo que al igual que sus clientas, yo también me he dejado maravillar por la teoría de Naveda. 

     Después de todo, pienso que tal vez los Wittmer deben tener algún protagonismo en el enigma y no solo ellos sino también Adolf Hitler. ¡Qué locura! ¡Hitler! Pero yo ya estoy viviendo una etapa demencial. Esto solo es una añadidura que me podría servir de instrumento para coser y pulir. Creo que vas por buen camino Macario.

                                                   C  O  N  T  I  N  U  A  R  Á

                                                   Autora: Alejandra Sanders
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