lunes, 28 de julio de 2014

EL MUNDO IDEAL DE ZULEMA

     Exhumó recuerdos melancólicos, pero el dolor que le produjeron hizo que volviera a enterrarlos a una mayor profundidad de donde los había encontrado. Para curar la llaga hizo un injerto mental. Mezcló los pocos retazos dulces de su pasado con fantasías pletóricas, ensueños increíbles. Así pasó el tiempo noctívago, entre insomnios y entumecimientos. Creando universos utópicos. Arrobada en su dimensión onírica, forjó una cúpula adiamantada para que ninguna carne penetrara. Ella era la diosa, la fuerza que gestaba vida. Había creado su propio paraíso.

     Hermosos huertos que inyectaban los ojos de tan solo mirarlos. Con sus frutos enormes, de colores brillantes y de aromas exquisitos. En su mundo no había edificios de cemento ni de ningún otro material. Simplemente no existían. No eran necesarios. Una bóveda malva, que con el paso de las horas iba tomando un matiz tornasolado hasta terminar en una noche que carecía de oscuridad. En su lugar, el cielo se volvía opalescente, como una mina gigante de diamantes, cuarzos y circones. Bajo ese techo magistral no cabían construcciones, porque el refugio cálido provenía del cielo mismo.

     Y qué decir de la corteza terrestre. Interminables alfombras de una fina tersura cuyo verdor refulgía hasta donde alcanzara la vista. Era como si estratégicamente se hubiesen colocado aspersores que en lugar de chisporrotear agua, dispararan miríadas de esmeraldas. Teniendo el extenso felpudo verdemar bajo los pies, nadie necesitaba calzarse los pies. Los roquedales, pedruscos y guijarros tampoco tenían cabida en este mundo. Por eso cualquiera podía caminar, brincar, correr sin el peligro de lastimarse. La seguridad era el ángel guardián de cada habitante.  

     Los climas extremos no formaban parte de este mundo insuperable. La primavera era dueña y señora de las estaciones. Maravillosa como ella sola. Cobijaba magnánimamente a los habitantes de este planeta perfecto. En el ambiente flotaba un perfume dulce que colmaba de placer los sentidos de la gente. La prole de la tierra chispeaba de felicidad. Estaba en el iris de sus ojos, en las encías rosadas y en los dientes lechosos. De las coyunturas maxilares y las fornidas gargantas nacía el alborozo. Carcajadas llenas de gracia acariciaban los pétalos polícromos de las olorosísimas rosas rellenas.

     Mientras Zulema se ahogaba en sus sueños inverosímiles, una música de fondo la acompañaba en su mundo imaginario:

                                         Imagine all the people
                                         Living for today…
                                         Imagine there’s no countries,
                                         It isn’t hard to do.

     Pero la vida en el “Gran Edén” que había brotado de su imaginación resultaba como una droga. Había caído presa de la adicción. Así que volvió a lanzarse a las aguas turbulentas de la quimera; pero había olvidado llevar consigo un salvavidas. Y  las notas ilusorias hicieron que flotara durante una brevedad hasta sumergirla en el fondo del paraíso del que ella era su demiurga.

                                           Nothing to kill or die for
                                           and no religion too
                                           Imagine all the people
                                           living life in peace…

     Los habitantes de su mundo eran todos de apariencia juvenil. Hombres y mujeres rozagantes. Niños de profunda ternura. Todos, fulgurantes con pieles de porcelana que comían de las ubérrimas huertas. Los frutos jugosos rezumaban por las comisuras de los edénicos, al tiempo que saboreaban y deglutían. Albaricoques, sandias, uvas, naranjas, bananas, y muchas otras delicias  cosquilleaban el cielo de la boca, dulcificaban los órganos vitales, eran como elixires de vida eterna. Hacían que las células saltaran de alegría. En las corrientes intravenosas fluían bravíamente, burbujeaban los glóbulos rojos y blancos como amigos eternos. Por lo que la juventud se había afincado perenne, inamovible.

     No, no era un lugar semejante a la tierra del nunca jamás. Era mucho mejor. La suya era una tierra superlativa, donde los “Peter Pan” no tenían a “capitanes Garfios” a los que temer y presentar defensa, tampoco existían “Campanitas voladoras” que sirvieran de bastones a los cojos.

      La benévola diosa tenía todo bajo control. Sus criaturas constituían un crisol, donde las razas, como si fuesen metales de distintas propiedades se fundieran en uno solo, fuerte como el hierro y hermoso como el oro. Por lo tanto, la conjugación de colores, formas y tamaños crearon una super-raza. El hiper-mestizaje a diferencia del mundo del que provenía Zulema —donde mentes ahuecadas creían que la pureza racial constituía la fortaleza de sus vidas—, constituía el poder subyugando al poder. Es decir que al unificarse las pieles cobrizas, negras azuladas, blancas y amarillas, los genes se transformaban en super-genes. De manera exponencial, la gran mezcla los volvía inmunes al deterioro físico y mental. La combinación había vencido la débil diáspora de infra-mentalidades. ¡Y pensar que en el otro mundo continuaban con sus experimentos y proyectos retrógrados para mejorar el pedigrí humano! ¡Mentes prosaicas!

     El lirismo que desprendían las estrofas se trenzaba junto con los sueños y los deseos de Zulema:

                                      Imagine no possessions
                                      I wonder if you can
                                      No need for greed or hunger
                                      A brotherhood of man
                                      Imagine all the people
                                      Sharing all the world.

      Su rostro opaco irradiaba felicidad. Las marcadas líneas de expresión atravesaban su piel atezada como las vías en ruinas de un ferrocarril. De pronto, alguien trató de irrumpir en su mundo. La Diosa no lo permitió. Entonces Zulema regresó al mundo triste y patético. Un agudo dolor de cabeza la hizo gemir. Al abrir los ojos vio una cachiporra ensangrentada.  Se percató que era su sangre la que había pintado el palo amenazador. Los últimos acordes de la melodía, cómplice de su ilusión, salían de su pequeña radio portátil que se encontraba envuelta en un harapo, y que le servían de almohada:

                                       You may say I’m a dreamer
                                       But i’m not the only one.
                                       I hope someday you’ll join us
                                       And the world will be as one.

—Oiga oficial, ¡ya me voy!, ¡ya me voy! —dijo Zulema algo temerosa—. ¡Per-per-dooón!, no volverá a suceder.

      Al tiempo que se levantaba de una de las bancas públicas del parque central, tambaleó por la herida que ostentaba en su caja craneal. El policía nervudo y de fiero semblante la increpó:

—¡Sucia pordiosera! Gentuza como tú afean la ciudad. Y claro que no volverá a suceder porque te vas directo a una cochina celda, ahí es donde perteneces. El alcalde no tolera a gente como tú. Al igual que las personas educadas que pasean por aquí, y los turistas. No. No volverás a posar tus sucias nalgas, ni en ésta, ni en las otras bancas de este parque.

     Una vez más volvería a oler la humedad de la cárcel de mujeres que tantas veces había visitado. Pero, ni las rejas, ni el entorno, fuera cual fuese, la abstendrían de hundirse en la profundidad de su mundo paradisíaco. Allí era la diosa que mantenía la vida en magnífico equilibrio.

                                                      F  I  N

                                                Autora: Alejandra Sanders
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