jueves, 30 de octubre de 2014

CELOS DE ULTRATUMBA. CAPÍTULO FINAL.

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El final de este cuento lo hemos escrito Matías 27Viatri y yo, para acceder al blog de Matías: "Los desvelados",  pueden cliquear aquí.
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Después de la macabra y traumatizante experiencia, Lorenzo trató de encontrar una vía sostenible que pudiera abrir brecha entre los desquiciantes celos de Daniel y el dolor latente de Diana.  Los días transcurridos fueron eternos. Diana y Lorenzo sin saber qué hacer ante semejante situación,  dirigieron miles de oraciones a Dios con la esperanza de que sean contestadas. Una esperanza que se convertía en desesperación y ansias mientras el tiempo volaba como un halcón.

Después de casi dos meses de escribirse por mensajes de textos y dirigir oraciones desesperadamente a una divinidad que sólo generaba dudas,  decidieron buscar ayuda de un erudito.  En consecuencia, acudieron a un exorcista que les proporcionara el remedio a su enfermedad espiritual.

Una tía de Lorenzo, asidua participante de las misas dominicales y “fanática” en lo relacionado al espiritismo, le presentó a Lorenzo al sacerdote Andrés Visconti un conocido experto en asuntos paranormales.  La mayoría de los conocedores en el tema afirmaban que era el mejor a nivel nacional.

Éste, ataviado con su pulcra sotana y un crucifijo dorado que rodeaba su ancho cuello, recibió a Lorenzo con aire compungido. Sus ojos parecían discernirlo, como indagando más allá de lo que el físico transmite a simple vista. Con las manos cruzadas y adheridas al pecho, Visconti sonrió amablemente y dijo:

—Señor Lorenzo Cisneros, su tía me ha puesto al tanto sobre la pesadilla que han experimentado usted y su novia. Debo confesar, que me ha asombrado sobremanera. Aunque he visto cosas muy extrañas a lo largo de mis veinte años como exorcista, lo que ustedes han pasado rebasa mi imaginación.

—Padre, le prometo que haré lo que usted me pida aún a costa de mi vida con tal de librarnos de esta horrible situación. Por favor haga lo que sea, pero por lo que más quiera ayúdenos a salir de esto —Exclamó Lorenzo con los ojos vidriosos y la voz quebrantada.

Luego de esto, arreglaron varios detalles, como la hora y el lugar en donde se encontrarían para comenzar el exorcismo y los elementos que deberían utilizar. Finalmente, Lorenzo se retiró del lugar con esperanzas y un poco más tranquilo con la promesa del sacerdote Visconti de que todo terminaría aquella noche del 27 de abril de 1988.

El reloj marcaba las seis de la tarde cuando aquel día prometido llegó. Los tímidos rayos solares se ahogaban en la oscuridad incipiente, y en la pequeña sala del departamento de Diana se encontraban reunidos ella,  Lorenzo y el padre Visconti. El nerviosismo cundió en todos, sin embargo y debido a su experiencia en estos temas sobrenaturales, el exorcista tomó la iniciativa para llevar a cabo su cometido y saldar las cuentas con el malvado espíritu que circundaba la esfera terrenal en la que se desenvolvían los implicados.

—Lorenzo, Diana, deben tener presente que tal como en una operación quirúrgica, este tipo de sesiones conlleva sus riesgos. Tienen que esforzarse por mantener la calma. Sé que no es fácil, pero ya se han enfrentado en dos ocasiones al espíritu de Daniel. Así que no será nada nuevo para ustedes. Por favor Diana, colócate aquí   —señaló con su mano rolliza a una silla de plástico que se encontraba a su lado.

Tomó fuertemente con su mano algo temblorosa a Diana, cosa que denotaba que en este caso hasta el más experto se sentía algo nervioso y aterrado. Respiró profundamente, como buscando fuerzas que lo tranquilizaran. Sacó a relucir un crucifijo como si fuese la respuesta a todos los problemas y exclamó a toda voz:

—Si en esta habitación se encuentra un espíritu presente que quiera negociar con los aquí presentes que se manifieste en este instante.

Al parecer Daniel se hacía desear puesto que hubo un silencio absoluto y bastante incómodo en la habitación durante diez minutos que parecieron horas. Fue entonces cuando Lorenzo perdió totalmente los estribos y gritó a todo pulmón:

—¡No importa lo que digas o hagas, seguiré en la vida de Diana porque ella no se merece un imbécil con tú, seré por siempre el karma de tu castigo, maldito. Y aunque te la lleves contigo no creo que ella te dé otra oportunidad luego de lo que le has hecho.  Ni tampoco creo que ella tengo el mismo destino que tú. ¡Púdrete en el infierno!

Ante la furibunda reacción de Lorenzo, el padre Visconti se apresuró a calmarlo, ajenos ambos a lo que ocurría en el alma de Diana.

Ella cayó al suelo repentinamente, tiesa y helada como una roca, como si fuera un cadáver que lleva enterrado semanas. Las puertas y ventanas se bamboleaban como hojas de otoño. Desde el interior de las paredes, se oyó una horrible voz fantasmal que dijo:

—¡Si no puedo hacerla feliz entonces haré que sufra; pero como sea, estará conmigo!

En el rostro de Lorenzo se dibujó un demonio herido, era el reflejo de su alma enardecida. Aún tenía fresca en su memoria el cúmulo de sufrimientos que Daniel les había obsequiado.

Visconti con crucifijo en ristre, se palpó el bolsillo de su sotana, extrajo un frasco verde, era su pócima. El agua bendita nunca le había fallado y confiaba en su efectividad.

Mientras tanto, Diana, ajena a lo que estaba sucediendo, yacía exangüe en el suelo gélido.

A los oídos de los dos hombres, llegaron los lamentos agudos e infantiles de un espíritu. Comprendieron de quien se trataba. Era Fátima. En algún lugar de una dimensión ultraterrena, la pequeña pedía atención. El corazón de Lorenzo se encogió, y Visconti sin despegarse de él, dijo con voz firme:

—Por el poder de Cristo que quita el pecado del mundo te ordeno que abandones esta casa y dejes en paz a esta familia.

Pero Daniel, lejos de hacerles caso realizó una maniobra que dejó al sacerdote paralizado y con un nudo en la garganta. Se apoderó del cuerpo de Lorenzo. El padre se desconcertó. Jamás había estado ante una situación similar, sin saber bien qué hacer, se desplomó, cayó de rodillas y exclamó:

—Dios mío, a ti encomiendo mi espíritu, ilumínanos con tu luz para que sepamos qué hacer ante esta tragedia.

Entonces comenzó una guerra entre el amor de Lorenzo contra la obsesión y egoísmo de Daniel, y el campo de batalla era el mismísimo cuerpo del poeta.

—Jamás te llevarás a Diana maldito, no permitiré que ella sufra una agonía eterna a tu lado —dijo Lorenzo histérico.

—No puedes hacer nada, al estar de este lado, la ventaja es mía y nunca podrás cambiar eso —dijo la voz espectral.

—Tú mismo lo has dicho, pero ya no tendrás esa ventaja —aseveró Lorenzo.

En ese momento, Lorenzo decidido a acabar con la agonía, tomó el crucifijo y se autoinfligió una herida a nivel del corazón. Una cascada rojiza y tímida empezó a manar de su cuerpo.

Visconti impotente, no atinaba si socorrer a Lorenzo o ayudar a la desvalida Diana. Optó por la segunda, puesto que comprendía que Lorenzo, se había sacrificado por amor, tal como Cristo lo había hecho.

En una zona oscura, invisible a la vista humana, Lorenzo sostiene la mano de Fátima, y le espeta a Daniel:

—Ahora estamos  al mismo nivel, ya no permitiré que le sigas haciendo daño. De todas formas con todo lo que yo sufría, estaba muerto en vida, pero un regocijo inmortal me cobija al saber que al menos desde ahora puedo proteger a Diana.



                                                    
 F  I  N

Matías 27Viatri y Alejandra Sanders
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